jueves, 19 de mayo de 2022

CRÍTICA A LA CLASE DE FILOSOFÍA

Es un martes a primera hora, todos los alumnos siguen aún dormidos hasta que de repente aparece por la puerta nuestro querido profesor de filosofía. Con su típica frase (dicha a gritos): ‘‘¡Ya estoy aquí, ya he llegado!'' que a todo alumno despierta.

Mi clase de filosofía de primero de Bachillerato se resume básicamente en aprender cada día algo nuevo, ya sea alguna tontería o el pensamiento de algún filósofo sustancial. Mi profesor no se dedica a dar su clase mientras que el alumnado únicamente percibe la información de la pizarra y de inmediato procede a plasmarlo en su archivador, sino que primero se encarga de que toda el aula haya entendido los conceptos dados y ya ahí copiar lo del pizarrón. A todo esto, debe de sumarle que las clases no son de gran hastío, sino que existe ese toque de humor en ellas de manera que se logra un ambiente grato y/o agradable. Esto es de vital importancia pues siempre tiene que haber esa conexión alumnado-profesor (sin pasar el límite que esto supone) para así poder estar más motivado y con ganas de dar la clase sabiendo que no va a suponer un castigo mental.

A la hora de los exámenes, es cuando debes de mostrar tus conocimientos adquiridos en clase. Pero no es como en la asignatura de historia contemporánea, por ejemplo, que se basa en plasmar todo lo estudiado, sino que los controles de filosofía son de pensar y razonar al máximo. Por ello dije que el profesor se encarga de que todos hayan entendido la lección pues sus exámenes no son de reflejar lo estudiado sino lo entendido.

Concluyendo, he de decir que los puntos positivos ganan a los negativos (si es que existiese alguno) de manera que todos los días vengo a filosofía con gran alegría.


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