Es un martes a primera hora, todos los alumnos siguen aún dormidos hasta
que de repente aparece por la puerta nuestro querido profesor de filosofía. Con
su típica frase (dicha a gritos): ‘‘¡Ya estoy aquí, ya he llegado!'' que a todo
alumno despierta.
Mi clase de filosofía de primero de Bachillerato se resume básicamente en
aprender cada día algo nuevo, ya sea alguna tontería o el pensamiento de algún
filósofo sustancial. Mi profesor no se dedica a dar su clase mientras que el
alumnado únicamente percibe la información de la pizarra y de inmediato procede
a plasmarlo en su archivador, sino que primero se encarga de que toda el aula
haya entendido los conceptos dados y ya ahí copiar lo del pizarrón. A todo esto,
debe de sumarle que las clases no son de gran hastío, sino que existe ese toque
de humor en ellas de manera que se logra un ambiente grato y/o agradable. Esto
es de vital importancia pues siempre tiene que haber esa conexión
alumnado-profesor (sin pasar el límite que esto supone) para así poder estar
más motivado y con ganas de dar la clase sabiendo que no va a suponer un
castigo mental.
A la hora de los exámenes, es cuando debes de mostrar tus conocimientos
adquiridos en clase. Pero no es como en la asignatura de historia contemporánea, por ejemplo,
que se basa en plasmar todo lo estudiado, sino que los controles de filosofía
son de pensar y razonar al máximo. Por ello dije que el profesor se encarga de
que todos hayan entendido la lección pues sus exámenes no son de reflejar lo
estudiado sino lo entendido.
Concluyendo, he de decir que los puntos positivos ganan a los negativos (si es que existiese alguno) de manera que todos los días vengo a filosofía con gran alegría.
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